Durante mi
trayectoria liderando áreas de tecnología en industrias como retail, hotelería,
servicios y transporte ferroviario, he comprobado que uno de los activos más
valiosos de una organización es también uno de los más difíciles de proteger:
la información.
Hoy, la
nueva Ley de Protección de Datos Personales en Chile nos obliga a revisar algo
más profundo que nuestras plataformas tecnológicas. Nos exige cuestionar cómo
gestionamos los datos, quién toma decisiones sobre ellos y qué tan preparados
estamos para responder cuando algo falla.
En
organizaciones con operaciones distribuidas, múltiples proveedores y sistemas
que deben funcionar permanentemente, proteger la información requiere mucho más
que herramientas de ciberseguridad. Se necesita gobernanza, responsabilidades
claras y una gestión de riesgos conectada con las prioridades del negocio.
He visto
cómo la transformación digital permite mejorar procesos, conectar operaciones y
tomar mejores decisiones. Pero también cómo el crecimiento tecnológico, cuando
no está acompañado de controles adecuados, genera dependencias y riesgos que
muchas veces permanecen invisibles hasta que ocurre un incidente.
En el
retail, por ejemplo, la información permite conocer mejor al cliente; en
hotelería, personalizar experiencias; y en transporte, gestionar servicios
esenciales. Aunque los contextos son distintos, el desafío es el mismo:
utilizar los datos responsablemente, sin comprometer la confianza de las
personas.
La Ley
21.719, que entrará en vigencia el 1 de diciembre de 2026, establece nuevas
exigencias para el tratamiento de datos personales y crea una autoridad
especializada para supervisar su cumplimiento.
Sin embargo, limitar su implementación al cumplimiento normativo sería
desaprovechar una oportunidad para mejorar la gestión empresarial.
Desde mi
experiencia, considero fundamental que los directorios y equipos ejecutivos
incorporen la protección de datos en sus decisiones estratégicas. Esto implica
conocer qué información administra la organización, establecer responsables,
evaluar a los proveedores y contar con capacidades reales de prevención y
respuesta.
La
protección de datos no comienza con una herramienta tecnológica ni termina con
una política de seguridad. Comienza con decisiones de liderazgo.
Las empresas
que comprendan esto no solo estarán mejor preparadas para cumplir la ley.
También estarán construyendo organizaciones más confiables, capaces de crecer y
transformarse sin perder de vista algo esencial: detrás de cada dato hay una
persona que ha depositado su confianza en nosotros.